
Sus ojos miran letárgicos y anestesiados el horizonte que se forma en su ventana mientras se diluyen con sutileza los resquicios luminosos y rojizos de la tarde.
Aquella ópera de estratocúmulos que anuncian la llegada de la noche hace que se cierren lentamente sus ojos a la vez que deja que su cuerpo rebote en su cama como una almohada más.
Sus ojos se limitaron a ver de manera mineral el techo para darse cuenta que su alma parece haber desaparecido, la chispa de su vida apagado o la brújula de su barco averiado. Ya no veía el arco iris que iluminaba de colores su camino y llenaba de fruición su vida.
Sus movimientos se volvieron cuestiones rutinarias e involuntarias y su espíritu de lucha pasó a ser un alma en pena desvencijada que vaga incesante y perpetua en este prolongado interregno en el que no encuentra salida ante las escatológicas lagunas de las realidades.
Su corazón ya no se emociona con las sonrisas pueriles de los niños ni sus bigotes de crema, ni las cometas de agosto que danzan como odaliscas procaces en los cielos.
Sus ojos vuelven cansados hacia la ventana para contemplar las sinfonías exhultantes de la noche y pensar que tal vez es mejor ser parte de ella; de minerales gaseosos flameantes de vitalidad que se mueven libremente por el espacio con brillo propio. Sin embargo, al mirar de nuevo el techo de su habitación solo le queda seguir resignada a mantener su alma vegetativa.
Sus inexpresivas lágrimas son los residuos de su alma que poco a poco parece desvanecerse.
Solo espero que sus ojos vuelvan a tener el brillo bienaventurado de las estrellas, que su rostro dibuje sonrisas llenas de emoción y que su alma encuentre la salida luminosa del laberíntico camino de las desesperanzas.
Mientras tanto, sigo aguardando en este valle silencioso de tinieblas mientras pasa la lluvia que ha borrado parte de mi camino.

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